El arte del silencio

Esto de estudiar ruso está despertando mi interés por todo lo que rodea a este enorme y, realmente, desconocido país…  Sentía curiosidad por él desde que el señor del registro civil –allá por 1973- le prohibió a mis padres ponerme un nombre ruso: Svetlana, porque no constaba en el santoral –tal vez no revisó el santoral ortodoxo XDDD-.

Luego, cuando me mudé a Madrid, descubro que mi compañero de piso es un forofo de Rusia y que lleva estudiando esta lengua cirílica 3 años.  Él fue quien me dijo que la Embajada Rusa daba clases gratis en un centro cultural no lejos de casa. Llegué, vi y me quedé atrapada por esta lengua que hablan unos 145 millones de personas –y en breve, 146, porque creo que he contagiado mi entusiasmo por ella al Sr Artily ;D-.  Así que cuando, precisamente, el Sr Artily me dijo que una de las películas de su top 3 era una rusa llamada El Regreso (Vozvrashchenie. 2003), no pude resistirme a verla.

 Mi idilio con el cine ruso comenzó cuando descubrí en la videoteca de San Antonio de los Baños  (Cuba)  una cinta llamada El Espejo (1974), escrita y dirigida por un tal Andrei Tarkovski… Luego me enteré de algo que hizo que me gustara aún más: la película fue tal fracaso comercial en la Unión Soviética, que Tarkovski  -repito, el gran Tarko- se planteó dejar de hacer cine. Éste es un sentimiento tan cercano a mí cada día, que saber que el cineasta ruso más importante –después de S. Eisenstein- también lo sentía, me dio alguna esperanza. Y esta secuencia de El Espejo creo que habla por sí sola al respecto: ¿se puede decir tan silenciosamente más en menos de un minuto?

El Espejo me dejó muy impactada,  no sólo por su estética, ya que es indiscutible que Tarko es un “poeta” visual; sino por lo que trata de decirnos con tan excepcional sensibilidad… A mí me costó entenderlo, estaba acostumbrada a ver un cine mucho más previsible y esta peli fue un jarro de agua fría. Pero luego, al igual que haces con el arte pictórico, vas leyendo -viendo más de su cine- y comprendiendo.

Tarko te convierte en un espectador activo, mejor dicho, en un “cómplice” activo. Igual que hace Haneke, aunque el austriaco lo hace para “incomodarnos” y Tarko para enseñarnos a ver bajo la piel de las personas, de la naturaleza, del mundo… Más en El Espejo, que es un film autobiográfico, donde actuó la propia madre de Tarkovski y se oía la voz del poeta Anrseni Tarkovski, su padre, recitando sus propios versos.

He descubierto en Internet algo genial sobre Tarko. Un año antes de yo nacer (la primera vez :D), en 1972, pidieron a Tarko que hiciera una lista con sus 10 películas favoritas. Parece que se lo tomó como se tomaba todo en la vida, muy en serio,  y éste fue el maravilloso resultado -por riguroso orden de preferencia-:

  1. Diario de un cura rural (Le journal dun cur de campagne,1950) de R.Bresson
  2. Los comulgantes (Nattvardsgsterna,1962) de I. Bergman
  3. Nazarín (1958) de L. Buñuel
  4. Fresas salvajes (Smultronstllet,1957) de I.Bergman
  5. Luces de la ciudad (City lights,1930) de C. Chaplin
  6. Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari,1953) de K. Mizoguchi
  7. Los siete samuráis (Shichinin no samurai,1954) de A. Kurosawa
  8. Persona (1966) de I.Bergman
  9. Mouchette (1967) de R. Bresson
  10. Una mujer en la arena (Suna no onna,1964) de H. Teshigahara

Una lista que Andrei Zviagintsev  se ha debido ver de pé a pá XDDD, ya que su ópera prima El Regreso (Guión de Vladimir Mojseyenko y Aleksandr Novototsky), y aún más su segunda cinta –y última hasta la fecha-,  El destierro (Izgnanie. The Banishment. 2007. Guión de Artyom Melkumian, basada en la novela “The Laughing Matter”, de William Saroyan) no pueden negar la influencia tarkovskiana…

Curiosamente, en ambas películas se cumple la regla de Haneke de que “todos los artistas hacen siempre la misma obra. Y si no, cambian de profesión”. Tanto en El regreso como en El destierro, Zviagintsev narra lo mismo disfrazado con historias diferentes: la culpa por prejuzgar, por juzgar y sentenciar sin escuchar al “acusado”, el tardío arrepentimiento por no haber dado a alguien cercano la oportunidad real de conocerle.

En El regreso, los hace a través de dos hermanos, cuyas vidas se ven sacudidas de pronto por la aparición de su padre, a quien sólo recuerdan por una vieja foto de hace 10 años. Los niños  viajan con él a una remota isla, donde sus vida se verán transformadas por completo…  Y la historia de El Destierro es aún más “simple” –que no sencilla-: relata las consecuencias de un “adulterio” (y tiene un espectacular tercer acto que te da qué pesar sobre el sentido de la vida).

Lo más interesantes de ambas es que… ni sus protagonistas ni los espectadores, llegamos a conocer las respuestas que deseamos, precisamente porque los protagonistas no dan a sus “acusados” la oportunidad de responderlas…

Cada plano, cada encuadre, el color, la luz, la posición de los actores… nada es gratuito en estas cintas. Todo tiene un significado que hace avanzar el relato, que te da información nueva sobre la historia o los personajes, al tiempo que te atrapa visualmente. A veces, al igual que me pasa con Tarko, tienes la sensación de ver hermosas pinturas en movimiento, maravillosos retratos que se toman su tiempo en mostrar sus rasgos. Una sensación que, para mí, se asemeja a cuando descubres la forma de algo o alguien a través del tacto…

Por eso, lo que más me sedujo de ambas historias, y del cine ruso que conozco, en general, es que dominan el arte del silencio: el arte de decir con ver y no con hablar, de expresar más con un encuadre que con un diálogo. Y los que piensen que los guionistas escriben sólo diálogos, se equivocan. El guionista escribe para ver. Y tal vez no detalla un plano o un encuadre –eso, aparte de ostentoso, sería meterte en un terreno que no nos pertenece: la dirección-, pero si puede sugerirlo, dejando clara la intención dramática de la secuencia desde el papel.

Me gusta silencio. Y es un arte que quisiera dominar…

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~ por Guiolista en 30 marzo, 2010.

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