LA PRIMERA VEZ…

Hace unos días, les hablé de mi amigo Paco Frisuelos y su cuento Deseo, ha sido uno de los post más vistos del blog –no me extraña, es genial-. Hoy, me gustaría que leyeran el primer relato que Paco escribió en su vida… Hay gente que tiene un don y no lo sabe. Paco, estoy deseando leer tu primera novela…

LA PRIMERA VEZ

Por Paco Frisuelos

A Juani no le gustaba andar con tacones. No se sentía a gusto sobre unas plataformas que hacían de sus tobillos frágiles soportes de su pesado cuerpo. Pero no tenía elección. A partir de esa noche debían convertirse en lógica extensión de sus pies y transformar su caminar temeroso en armoniosa danza de estudiados contoneos.   Ella, eterna fugitiva de los zapatos altos,  había tomado prestado para tan importante ocasión un par de su madre, descubiertos, ligeros y de cuña mediana por encontrarlos perfectos para una noche que se presentaba larga y difícil. No contó con que la caminata desde el metro  hasta la explanada de la Casa de Campo donde pensaba colocarse iba a convertirse en un suplicio interminable.

Sentía los dedos agarrotados por el frío y constreñidos por el empuje de su propio peso, las plantas parecían abrírsele produciéndole un dolor agudo que dificultaba el ya de por sí complicado caminar por tan descuidado terreno y los talones parecían que iban a ser taladrados de un momento a otro por el tacón que la mantenía en tan complicado equilibrio.

Era tal el dolor de pies que ni siquiera podía sentir los nervios ni sufrir la vergüenza de colocarse por  primera vez junto a las que fueran compañeras de su madre: Ramona la Manchega, a la que visitaban con regularidad en su piso de Moratalaz;  Nélida y Alma, la Ecuatorianas que mostraban sin complejos todo aquello que Juani intentaba disimular, y  Tomasa, a quienes todas llamaban “Tomi”  famosa por un inquebrantable buen humor que ayudaba a pasar las largas horas de espera a la intemperie.  El cálido recibimiento de sus nuevas compañeras, los ánimos tan necesarios para una principianta, se vieron deslucidos por el insistente dolor que le causaban los malditos tacones convertidos ya en su particular potro de tortura.

Juani quiso aparentar una seguridad que no conocía, una experiencia de la que carecía, una  sensualidad que le incomodaba y una pasmosa laxitud.  Su tormento particular la llevaba a permanecer inmóvil, actitud que sus colegas interpretaban como timidez y la alentaban a ofrecerse a los curiosos que se paseaban en busca de una aventura de treinta euros.  Fue esto, o quizás su aire de neófita, lo que le hizo tener un inesperado éxito; raro era el hombre que, al acercarse a la zona donde las cinco meretrices se ganaban la vida, no se aproximara a Juani para llegar al aliviante acuerdo.

No fue hasta el tercero de ellos, un hombre maduro, de mediana estatura, que Juani consiguió relajarse, mostrarse como su experimentada madre le había aconsejado y lograr la fugaz seducción de su irremediable perdición. No le disgustaba aquel hombre del todo, o al menos se esforzaba en ello. Caminó con dificultad hasta un lugar oscuro susurrándole todo aquello que pensaba él ansiaba escuchar, se cobijaron entre árboles y matorrales y mientras intentaba acomodar su cuerpo en las zonas más brunas y equilibrar su peso sobre la tierra irregular, sintió como le apretaba un pecho con violencia mientras conducía con fuerza su mano hacia la hinchada bragueta. El ímpetu de tan ardorosos movimientos le hicieron perder el equilibrio y tuvo que colocar  los pies para no caer, de manera que sentía cada china del pavimento clavándosele en las plantas.  Cuando poco después la penetró, de pie, fría y desconsideradamente, no pensaba en que cada arremetida que aquel hombre le proporcionaba se llevaba para siempre la mujer que fue, sino que rezaba para que todo acabase cuanto antes y pudiera sentarse y librarse de los malditos zapatos.

Varias horas después y tres hombres más, Juani llegó a casa dispuesta a no pensar , preparada para darse una ducha que borrarse toda huella de las manos y los sexos que la habían invadido momentos atrás. Al oír la puerta, su madre, que la esperaba ansiosa, conocedora de lo que pasaba por su mente, inquirió desde su alcoba:

–          Cariño, ¿ya estás en casa? Cuéntame cómo te fue.

–          Enseguida voy – contestó – déjame antes que me descalce.

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~ por Guiolista en 6 abril, 2010.

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