El indio dormido

Continúa la saga de singulares sucesos que acontecen en Fortuna, este rincón del mundo un tanto peculiar… 

FORTUNA

III

El indio dormido

Hacía mucho, mucho tiempo que Manzana quería subir a la montaña más alta de Fortuna: El Indio enfadado. La inmensa roca se ganó ese nombre porque realmente parecía el rostro de un indio, muy enfadado, mirando al cielo. Tal vez estaba de mal humor por su gran nariz, ya que justo esa parte de la petrificada mole era la que convertía el risco en el más famoso de los alrededores. Manzana no recuerda un día de su vida que no deseara trepar hasta la nariz del indio, pero siempre se topaba con una razonable excusa que le impedía llevar a cabo la hazaña.

Cuando era niña, Manzana tenía unas coletas y una imaginación desproporcionadas. Estaba ciento por ciento segura que bajo aquella dura piedra había un gran jefe indio dormido; por eso, cada vez que pasaba por allí en dirección a la escuela de la curiosidad, caminaba de puntillas para no despertarlo.

Al cumplir 15, Manzana ya no caminaba de puntillas pero la presencia del risco aún le resultaba imponente. Aún así, no sentía que fuera el momento de trepar los casi 9 mil metros que la separaban de lo que ella consideraba debía ser el cielo. Todo porque la profe Encantamiento les contó la vieja leyenda celta del cuervo negro. Manzana, como siempre, estaba en su mundo calculando tiempos y provisiones para la gran escalada y ni siquiera prestaba atención a la historia hasta que…

Profe Encantamiento: (con una alta dosis de misterio)… ¿y cuándo sabré que estoy preparado, Maestro? Dijo el Aprendiz de la Verdad.  Y el Maestro le respondió: sólo cuando el cuervo negro aparece, el aprendiz está preparado para enseñar…

Sólo cuando el cuervo negro aparece, el aprendiz está preparado…”, a Manzana le impactó tanto esa frase que se la grabó a fuego en su corazón y decidió esperar al famoso cuervo. Cada tarde, después de hacer sus deberes, Manzana se tumbaba a los pies del risco, mirando al cielo, con la esperanza de que su propio cuervo negro diera señales de vida. Su paciencia duró 3 años, en ese tiempo pudo ver gaviotas, golondrinas, petirrojos, hasta pájaros carpinteros pero ni un solo cuervo, ni siquiera un pájaro negro. Eso sí, Manzana tuvo mucho tiempo para meditar y descubrió algo que le hizo perder cualquier vestigio de temor que pudiera quedar en su corazón: el indio, como ella, estaba enfadado porque no apareció su cuervo, sólo que Manzana no estaba dispuesta a quedarse petrificada esperándolo.

Con 18 años, Manzana ya era toda una mujer, y muy atractiva, y Cosmos, su padre, esperaba que olvidara sus fantasías de adolescente y se concentrara en su inminente futuro. La verdad es que, aparte de la obsesión de Manzana por sonarle los mocos al indio,  Cosmos no tenía queja alguna de su hija. Era responsable, aplicada, educada, cariñosa, obediente, generosa e inteligente. Pero también muy cabezota, y cuando algo se le metía a Manzana entre ceja y ceja no podía parar hasta conseguirlo. Ni siquiera las docenas de chicos que bebían los vientos por ella la desviaban de alcanzar su ambiciosa meta. Así que, a pesar del desplante del cuervo, decidió que había llegado el momento.

Nada más empezar el verano, se fue a la pluma del indio, en el valle de la montaña; allí estuvo 33 días preparándose con un entusiasmo desmedido para el gran día. Ya lo tenía todo listo para la escalada cuando el último día de entrenamiento su mano quedó atrapada en un oxidado cepo para liebres. Hacía tiempo que la caza estaba prohibida en Fortuna pero aún quedaban viejas trampas olvidadas.  Manzana volvió a casa con una mano sin dedos y un alma sin esperanza, y no acertaba a distinguir cuál de las dos le dolía más.

El accidente cambió su vida. No por tener una mano sin dedos sino por tener que enfrentarse a una vida sin sueños. Manzana abandonó sus estudios, su aspecto, su vida social, su apetito, su alegría… todo. Manzana era el centro de la vida de Cosmos y éste hizo todo lo imaginable para devolverle la sonrisa a su hija, pero apenas lograba que comiera. Hasta que un día, triste y desesperado, se le ocurrió poner un anuncio en todos los diarios de Fortuna: “mi hija, Manzana, está triste y perdida, pido ayuda, de la clase que sea, para devolverle la locura que la hacía tan feliz y especial. Gracias”. Muchos afortunados respondieron al llamado pero Manzana sólo accedió a recibir a uno, a don Relativo, el científico del lugar.

Don Relativo: querida, yo no soy hombre de ungüentos ni rezos. Yo soy hombre de lógica y ciencia y (mostrándole un extraño artilugio con forma de guante) esto es lo que te ofrezco…

Manzana: (sosteniendo curiosa el artilugio) ¿qué es?

Don Relativo: tus nuevos dedos.

Manzana: (desconfiada) ¿Por qué quiere ayudarme?

Don Relativo: bueno, querida, digamos que tú y yo somos iguales: ambos existimos porque soñamos…

El rostro de Manzana se iluminó con la sonrisa más enorme que Da Vinci pudiera pintar.

Don Relativo: ¿qué me dices, preciosa? ¿Vamos a tocarle las narices al indio?

La inventiva de don Relativo y el apoyo de Cosmos fueron imprescindibles para que Manzana volviera a creer en su objetivo y recuperara las fuerzas para luchar por conseguirlo. De una u otra forma, el sueño de Manzana ahora se había convertido en el sueño de todos.

La preparación fue muy dura. Manzana ya no era una niña, los 5 años de absoluta inactividad habían dejado honda huella en su cuerpo y en su mente. Pero don Relativo fabricó mil inventos para acelerar el proceso. Todo porque Manzana se había propuesto cumplir su meta justo el día que cumplía 25. Esto dejaba un margen muy ajustado al improvisado equipo, ya que, según los cálculos de don Relativo, eran necesarios 2 años de entrenamiento y 2 más para llevar a cabo con éxito la escalada, sin embargo sólo contaban con la mitad.

Don Relativo: bueno, si ese tal Dios creó el mundo en 7 días, en 2 años, Manzana, en 2 años podemos hacer maravillas… Hasta terminar la Sagrada Familia si nos lo proponemos, querida…

Así que Manzana se calzó sus zapatillas de trepar sueños dispuesta a empezar de cero. Cada uno tenía una misión vital en la que bautizaron operación indio enfadado. Don Relativo se encargó de poner a punto su estado físico y mental. Fabricó máquinas para fortalecer tanto los bíceps como los músculos de la risa, también para apuntalar bien los complejos cálculos del hemisferio derecho del cerebro y la creatividad del izquierdo. Y es que como decía don Relativo…

Don Relativo: tal vez necesites llenar tu cabecita de música o increíbles historias para pasar los tragos amargos del viaje, o un fuerte brazo para salvar tu vida de una caída segura, incluso saber cómo curar una profunda herida, o resolver un complejo cálculo para saber sencillamente en qué día vives… Tienes que estar preparada para todo, querida, porque… quién sabe lo que puedas necesitar allá arriba.

Por su parte, Cosmos estaba muy preocupado por reforzar el lado espiritual de Manzana. Había pasado 5 años que no desearía ni a su peor enemigo -si es que Cosmos tuviera alguno-, y no estaba dispuesto a permitir que su hija volviera a pasar por ese trance. Así que pasaba horas y horas hablando con Manzana sobre filosofía, psicología, religión y sobre la vida en general. Pero Cosmos sabía que ella estaba demasiado excitada para prestarle atención así que hizo lo único que podía hacer por ella: le fabricó finos lápices carbón y una gruesa libreta con forma de cinturón.

Llegó el día de la partida.

Don Relativo: no dejes de soñar.

Cosmos: (entregándole el cuaderno-cinturón y los lápices de carbón) escribe, hija. Escribe todo lo que sientas, lo que ames, lo que odies, lo que extrañes… Escribe, escribe, escribe…

Durante el año que duró la escalada, Manzana vivió las mayores alegrías y las mayores tristezas de su vida. Se sintió más sola y a la vez más acompañada que nunca. Estuvo a punto de perder la vida dos veces, y otras tantas de rendirse y volver a casa hecha un mar de lágrimas. Escribía y escribía para no perder la razón, soñaba y soñaba para no perder la fe. Así, poco a poco, día tras día, Manzana fue cumpliendo las metas estipuladas. Las tareas diarias eran sencillas: levantarse bien temprano, comer bien y dedicar el resto del día a pasar el material de escalada y las provisiones de una campamento base a otro. Don relativo había estipulado 4 campamentos base hasta la nariz del Indio y Manzana pasaba unos 4 meses subiendo y bajando entre una base y otra para transportar todo lo indispensable para alcanzar la cima. Una ingrata tarea no sólo por las pésimas condiciones atmosféricas y por su extremo cansancio físico, sino porque Manzana sabía que todo lo que había transportado con tanto esfuerzo debía abandonarlo en la penúltima base si quería cumplir su objetivo.

El último tramo era muy empinado. Manzana apenas sentía su cuerpo por el frío y bajo sus pies sólo había un inmenso vacío. Con ella sólo llevaba el cinturón que le regaló padre y un pico al que se aferraba como a su propia vida. Y lo consiguió, incluso llegó a la cima un día antes de su cumpleaños. Sin embargo el que se suponía debía ser el día más feliz de su vida, no podía dejar de llorar. Y lloró y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Luego, sola, a casi 9 mil metros más cerca del cielo, en medio de aquella blanca y fría calma, Manzana estaba tan agotada que se quedó dormida.

Cuando despertó, Manzana era un mar de dudas: ¿qué hacía allí arriba? ¿Qué había ganado tras tanto esfuerzo? ¿Por qué esa obsesión por llegar a la cima? Había olvidado por qué quería subir. Es más, ni siquiera estaba segura si alguna vez supo por qué quería subir. Pero un hecho extraordinario detuvo sus pensamientos: el sol nacía radiante y la luz del día descubría la impresionante vista desde aquella nariz. Manzana se tumbó mirando al cielo, como el indio, y sólo en ese instante se dio cuenta que lo único que le había impedido llegar antes hasta allí era el miedo a fracasar, a no conseguir su sueño, y lo único que le importaba en ese instante era disfrutar de aquella indescriptible belleza. Manzana por fin se sentía en paz consigo misma y, a pesar de todos los malos momentos, no cambiaba su intensa aventura por nada en el mundo. Y ahora sólo le preocupaba una cosa: volver a casa.

Manzana fabricó un rudimentario trineo con unos troncos y lo que quedaba de su ropa de abrigo. Lo que tardó un año en subir, apenas demoró en bajarlo 10 horas. 10 horas deslizándose por la nieve a tal velocidad y gritando de una forma tan desahogada y desmedida que incluso provocó algún que otro desprendimiento a ambos lados del risco. Un hermoso cuervo negro acompañó a Manzana el último tramo del camino. Abajo, Cosmos y don Relativo la recibieron con el corazón y los brazos y abiertos.

Manzana cumplió su sueño, Cosmos recuperó a su hija y don Relativo se convirtió en alcanzasueños profesional. Ah, y el nombre del risco sufrió una pequeña modificación, ya que los leves desprendimientos provocados por Manzana hacían que el indio ya no pareciera enfadado, sino plácidamente dormido; así que rebautizaron el pico en honor a Manzana: ahora era el famoso risco del Indio dormido.

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~ por Guiolista en 23 abril, 2010.

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