Muerta…

Dado el guión en el que estoy trabajando estos días y la situación personal de las últimas semanas, creo que este cuento de mi amigo Paco me viene que ni pintado…

MUERTA

Por Paco Frisuelos

Estoy muerta. Llevo muerta cinco mil novecientos cuarenta y un días, o lo que es lo mismo, dieciséis años, tres meses y once días, aunque para mí llevo muerta toda mi vida. Soy un fantasma a quien la sangre le corre por las venas, que respira y no descuida sus necesidades básicas. Una sombra que se pasea por el pueblo sin que nadie repare en su presencia, tan acostumbrados están a verme ir de un lado para otro. Soy un cadáver a quien nada le importa, que no atiende a requerimientos ni se hace eco de lo que de mi cuchichean. No me importa que me compadezcan y me da igual que se rían de mí. Estoy vacía. Me he despojado de todo sentimiento y sólo respondo a algunos impulsos elementales.

Sólo vuelvo a la vida cuando me vence el sueño. Es entonces cuando vuelvo a encontrarla, cuando tengo la oportunidad de tomarla de nuevo entre mis brazos, acariciarla y llenarla de besos. Son los únicos momentos en los que vuelvo a sonreír y en los que una extraña energía parece recorrer mi cuerpo para disfrutar de cada instante de ese espejismo que el sueño me regala. Luego llega la mañana y la vida se me escapa con la vigilia. La realidad me abofetea y mi cuerpo vuelve a morir añorando a mi niña, la pequeña que tantos titulares ocupó hace dieciséis años y la que ya pocos recuerdan; la misma cuyo rostro empapeló muchas ciudades o que protagonizó las noticias de todos los canales de la tele; ésa que un maldito día de verano un malnacido se llevó con sus preciosos cinco años, robándome los momentos que nos estaban reservados como madre e hija.

Durante todos estos años he tenido que sobrevivir a la idea de no estar con ella cuando perdiera los dientes de leche, ni disfrutar cada año de la ilusión de la noche de Reyes. He tenido que contener la rabia de no poder ayudarle con los deberes al volver del colegio, ni trenzarle el pelo antes de acostarla. He tenido que imaginar mi sonrisa orgullosa en una función teatral del cole que nunca contará con ella y he reprimido mis lágrimas al pensar que no estaré ahí para elegir su primer sujetador, ni enseñarle los secretos de ser mujer. Todos estos años he tenido que vivir con la angustia de la incertidumbre, de quererla viva para no pensarla muerta; de quererla muerta para no pensarla en manos ajenas, las de ese hijo de puta sin corazón que me ha robado todo convirtiéndome en un alma en pena cuyo único anhelo es volver a encontrarla aunque sea con otro rostro y otra voz.

Al principio de esta pesadilla me obligaron a tratarme con una psiquiatra que me llenó el estómago de pastillas para atontarme y la cabeza de ideas para confundirme. Quería convencerme de que del dolor se saca la fuerza para seguir adelante y que podía encontrar los resortes para construir mi nueva vida indagando en mi más profundo interior… patrañas que caían en saco roto hasta que tiré las pastillas por el retrete y a ella la mandé a la mierda. Mi familia no pudo más que evitar que me volviera loca y aunque que se esforzaron en convertirme en una persona normal acabaron convenciéndose que lo mejor era dejarme así, convertida en la muerta con la que viven, la que no se contagia de sus alegrías, la que no participa de los momentos familiares, la que no se involucra en nada de lo que pasa en la casa. Soy una mera presencia que cambia de una habitación a otra, que entra y que sale, a la que al principio miraban con preocupación, luego con compasión y al final con indiferencia.

A veces miro a mi marido y le encuentro envejecido, ha perdido el pelo y su cara se ha llenado de arrugas. Sigue siendo el mismo de siempre, cariñoso y atento, comprensivo y  tolerante. Él ha sido quien ha sacado adelante a nuestro otro hijo, a quien he visto crecer indolente, con la rapidez con la que pasa el tiempo en el mundo de los vivos. No entiendo su olvido, cómo pueden vivir sin remordimientos, libres de culpa; no puedo entender que hayan continuado con sus vidas sin pensar que ahí, en algún lugar, su hija y su hermana puede estar gritando sus nombres para que acudan en su ayuda.

Por eso yo, sigo alerta, pendiente de cualquier pequeño detalle que me lleve hasta ella en un tiempo que se hace eterno, lleno de jornadas interminables que debo llenar con esas rutinas que confío la traigan de nuevo a mi lado.

Y es entonces, cuando me empleo en mi empeño, que me doy cuenta de la paradoja en la que me encuentro: para mí estar muerta, es lo único que da sentido a mi vida

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~ por Guiolista en 10 mayo, 2010.

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