Guiolist@ invitad@… Alejandro Brugués

Hoy el guiolisto invitado es Alejandro Brugués. Estudiamos juntos en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños (La Habana CUBA), era el único cubano de la clase, pero valía por cientos XDDD.

Como persona, Ale es alguien que una vez que se cruza en tu vida, jamás lo olvidas. Como guionista, Ale es un absoluto mago de este oficio.

Me ha escrito un post de 5 páginas jajajaja, aunque si leéis algún guión suyo veréis que es un adicto a la concisión. Iba a hacer dos entrega pero… merece la pena leerlo de corrido, igual que él lo escribió.

Así que… pillar una taza de algo que queme o que tenga mucho alcohol, para beberlo despacio, y disfrutar de esta gozada de post. Os aseguro que quien quiera escribir, realmente no tendrá excusa de lanzarse después de leerlo…

LA PÁGINA EN BLANCO

Por Alejandro Brugués

Llevo veinte minutos sentado frente a la página en blanco, pensando en cómo empezar a escribir precisamente sobre eso, sobre escribir.

Mal comienzo.

Pero, por otro lado, lo bueno es que eso es lo peor que nos puede pasar, estar un rato frente a la página en blanco.

La mejor forma de llenarla es simplemente empezar a hacerlo. Puede que sea una mierda, pero ya rompimos la inercia. Se vuelve atrás, se corrige y no perdimos nada. Alguien (probablemente John August, lo cito todo el tiempo) dijo que no conocía a ningún escritor de verdad que tuviera problemas de bloqueo. La razón es ésa. Cuando uno tiene suficiente oficio (y no digo que yo lo tenga, aunque cuando lo necesito aparece) puede forzar las palabras y hacer que la cosa avance. Cuando se lleva suficiente tiempo en esto, se pueden sacar así páginas buenas. Decía John Steinbeck que uno tenía días buenos y malos, que el truco consistía en que el lector no notara la diferencia entre unos y otros.

Pero me estoy adelantando demasiado a las cosas.

Vamos a empezar por el principio.

¿Cómo escribo?

La verdad no tengo ni idea. Siempre que se me ocurre algo nuevo no le presto atención. Lo que sí hago es tomar nota de cómo me hizo sentir esa nueva idea, porque ésa es la clave real de la dramaturgia. Olvídense de los actos, los núcleos dramáticos y todas esas cosas. Esas son herramientas útiles que uno usa como artesano para mejorar, pulir, etc, un guión. Mucho antes de que el artesano empiece su trabajo lo tiene que hacer el artista, y el artista por lo general es mucho más desorganizado. Algo divertido tenía que tener este chisme.
Bueno, pues ese sentimiento que les dio esa idea nueva va a ser el hilo conductor del nuevo guión.

Hace exactamente diez años que me gradúe de la Escuela de Cine. Desde entonces he escrito una quincena de guiones, y la verdad no he tenido mal average de guiones producidos: para el año que viene siete de ellos se habrán filmado ya. No está nada mal, considerando que unos cuantos los escribí para dirigirlos yo mismo y eso hace las cosas más lentas. Mi punto es (porque hay un punto para el alarde ése) que no tengo un método preciso, cada guión se escribe de forma distinta, pero siempre, SIEMPRE que uno está perdido, puede volver a ese sentimiento inicial para retomar el hilo. La inspiración no es algo que nos va a acompañar todo el tiempo, pero si la tuvimos en algún momento podemos reciclarla una y otra vez.

Una vez que está la idea justo lo más difícil es cómo se escribe el guión (de eso se suponía que hablara, ¿verdad?). En mi caso es difícil precisamente porque cada guión se escribe de forma distinta. Cuando escribí “Personal Belongings”, mi primera película como director, agarré un almanaque y anoté cuánto tiempo le dedicaría a hacer escaletas, anotar todo lo que quería en la película, cuánto a estructurarlo, cuánto a escribir sinopsis, argumentos y hacer crecer el bicho ese hasta que estuviera listo para escribir el guión. Por almanaque me dedicaría dos meses. En la vida real fueron cinco semanas, porque una vez que había hecho todo el trabajo, la parte de escribir el guión se llevó una sola semana (más un par de días de correcciones, cortar algunas páginas, cambiar estructura, etc).
“Personal” fue un caso atípico de orden extremo. Me decidí a hacerlo y me obligué a escribirlo. La única regla que tengo es nunca sentarme a escribir sin saber qué voy a escribir, para que no me suceda esto de estar frente a la página en blanco. En ese caso me sirvió tomar todas esas notas. Otro guión, de mis preferidos, eran varias historias que me daban vuelta en la cabeza desde hacía años sin saber cómo unirlas, hasta que un día soñé la solución, “vi” la película entera en mi sueño. Me desperté y escribí como si fuera el fin del mundo, y en cuatro días tenía una primera versión lista.

Aquí es donde les toca pensar “cualquier cosa escrita en cuatro días debe ser una mierda”. La mayoría del tiempo es así, pero en ese caso ha sido de los pocos guiones que me han conseguido un premio.
Lo que quiero decir es que cada guión es un animal diferente. Tiene vida propia. Respira. Tiene un comportamiento. Y tenemos que descubrirlo antes de sentarnos a domarlo. Eso nos ayuda también a familiarizarnos con él. A saber qué necesita. Hay quienes llaman a esto “visualización”, que puede ser tanto cerrar los ojos y dejar que la película pase en su cabeza una y otra vez como simplemente dejar que de vueltas en algún lugar ahí atrás. Por eso no es raro ver a un guionista hablando solo. Posiblemente está repasando diálogos. Esto es lo más lindo del mundo, los personajes empiezan a cobrar vida y se arman sus propias escenas, que quizás nunca lleguen a la película pero nos ayudan a conocer su personalidad.

Yo dejo que los personajes me hablen por meses hasta que sé exactamente cuáles son todos sus diálogos. Escribo rápido, porque si no me aburro, así que trato de no pasar más de diez días en un guión.
Para ayudarme a hacer esto voy trabajando con metas. Hemingway anotaba cada día cuantas palabras había escrito, para saber qué siempre escribía más o menos la misma cantidad. Yo tomé prestado su método, aunque me haga un poco neurótico. Trato de escribir cada día al menos dos mil palabras (que deben ser algo más de diez páginas de guión) y siempre me obligo a escribir un poco más al día siguiente. Además, para hacerme aún más neurótico, llevo un diario del guión, una especie de bitácora de viaje, donde voy anotando los pormenores del día de escritura. Esto lo hago por otra razón. Años después, cuando uno está trabado en un guión, es bueno releer estos diarios, porque te ayudan a recordar que nunca ha sido fácil escribir, pero que siempre al final terminamos haciéndolo.

(Por cierto, sobre esto de escribir con metas, los primeros días siempre son lentos, pero conforme vamos avanzando en la historia se va acelerando. De pronto llegamos a la página cincuenta y el final está cerca y queremos escribir un poco más, y el último día posiblemente sea de quince horas de escritura y muy agotador pero uno puede terminar con treinta, cuarenta páginas escritas.)

Otras manías mías son escribir siempre escuchando música. Algo que me recuerde el estado de ánimo que tengo que tener durante esa historia. Casi siempre tengo también una colección de bebidas a mi lado, por lo general café, té, refresco, leche con chocolate, vodka, ron y whisky. No es muy recomendable escribir tomando, pero un trago puede durar toda una tarde. Lo que sí no me gusta es no tener nada a mano para tomar.

Bueno, hablo mucho de mis manías y poco de la escritura como tal. Lo hago porque hay montones de libros escritos que van a explicar mejor que yo en qué consiste escribir (aunque diré algunas cositas) pero nunca se habla de cómo se las arregla uno para hacerlo.

Es muy fácil decir que un guión tiene tres (o cuatro, cinco, siete, nueve, doce) actos, que los personajes deben tener un arco y todo eso, pero cuando uno se sienta a escribir está en blanco, en pelotas, y tiene que inventarse de todo para defenderse. Es por eso que siempre hacemos un montón de cosas para evitar escribir. Los escritores somos especialistas en eso. Si no, ¿por qué están leyendo esto en vez de acabar de terminar esas primeras diez páginas? Saber que otros escritores sufren igual siempre es reconfortante. Y si no les pasa y escribir siempre les ha resultado fácil y además lo adoran, pues los odio, cabrones, y me matan de envidia.

Volviendo al tema, hablo un poco sobre mi método y las cosas que he aprendido. Nunca, jamás, y en esto soy tajante, escribo un párrafo de más de tres líneas (aunque pareciera por este artículo que hago todo lo contrario). La razón es simple: el espacio en blanco nos ayuda a leer un guión. Cuando abro un guión y me encuentro un párrafo que ocupa toda una página me gustaría que se abriera la tierra y se tragara al guionista para siempre en las profundidades del infierno.

El espacio en blanco es tu amigo.

De hecho es tu mejor amigo, porque va a hacer que dirijas la película sin que el pobre director se dé cuenta. Eso es lo principal a la hora de escribir un guión, porque hace que el lector “vea” la película. Le da a una escena escrita el ritmo que debe tener una escena filmada.
Y todo sin hablar de la cámara. Porque para nosotros, los guionistas, la cámara no existe. Va a existir para un director después, pero no es nuestro trabajo, así que por favor nada de “Juan se para frente a la cámara” o “la cámara se desplaza lentamente hacia la foto”. Los directores odiamos (sí, me tengo que incluir en esta) que nos digan qué hacer por la cámara.

Por suerte los guionistas somos más astutos que ellos y sabemos dirigir la película desde la página sin que se den cuenta. Y para eso nos ayudan los párrafos cortos, con acciones concentradas y el espacio en blanco. Miremos este ejemplo (y disculpen la falta de formato, pero no estoy en plan de darle formato ahora a estas cosas):
“Ismael se baja del auto. Cruza la calle y se acerca a la casa. Un charco de sangre se está formando bajo la puerta de entrada. Ismael patea la puerta y entra de un salto.”
Mal ejemplo, la verdad, pero la idea es mostrar ejemplos malos. En ese párrafo Ismael hace de carreta una serie de cosas. Están los elementos esenciales, pero no tiene ritmo. Y, más importante, no tiene dirección. En cambio miremos esta variante:


“Ismael se baja del auto. Mira la casa frente a él, como analizándola.
Después mira a un lado de la calle. Luego al otro.

Está desierta.

Armándose de valor, Ismael cruza la calle, avanzando hacia la casa con pasos decididos.

Al llegar a la puerta se detiene.

Un hilo de sangre sale por debajo de ésta.

Ismael lo mira, indeciso. Respira, como reuniendo valor.

Después la abre de una patada y entra”.
Ese ejemplo, aunque también deja mucho que desear, está mucho mejor. Va separando cada acción de Ismael, pero además va sugiriendo planos. “Está desierta” sugiere un plano de la calle, vacía. Si lo hacemos bien, ese plano estará en la película.

El punto de escribir con espacios en blanco es precisamente ese.
Otra cosa sobre esto: traten de escribir bien. Lo digo en serio, escriban correctamente, porque no hay nada peor que abrir un guión y leer una primera página desastrosa. Por lo general, se mantendrá así el resto del guión, y nadie se lo va a leer, aunque dentro tenga la mejor historia del mundo después de la Biblia y la Odisea. En cambio, un guión con una historia mediocre pero bien escrito se lo lee cualquiera.

Ah, y no confundan el espacio en blanco con el diálogo. El otro día leí en algún lugar a un supuesto especialista en guión pidiendo que se usen más diálogos.

Déjenme compartir un secreto: el diálogo es la herramienta más sobrevalorada de un guión. Nunca digan algo que pueden mostrar. Es mucho mejor que un personaje descubra algo mediante acciones a que se lo digan. No es lo mismo decir “maté a fulano” que ver al personaje hacerlo. Billy Wilder era el maestro de las acciones (y de los diálogos, venidos al caso. La verdad que era un crack en todo).

No quiero decir que no usen el diálogo, sino que siempre tengan bien claro por qué lo están usando. ¿Lo que dice un personaje, lo dice realmente porque debe decirlo o porque necesitamos que el espectador tenga esa información? Si es lo segundo, se puede prescindir de ese diálogo. Piensen siempre en los actores, en lo bien que estaría que en lugar de que la mujer le diga al hombre que se va de la casa, él simplemente se dé cuenta por las acciones de ella. Esos momentos son mágicos, y son los que luego vamos a recordar de las películas.

Como ya estoy en las dos mil palabras, voy terminando. Me he extendido más de lo debido y seguramente esto no va a aparecer en una sola entrega. Por supuesto que no he abarcado todo. Ni siquiera lo sé todo para estar abarcándolo. Estos días tengo que hacer reescritura de tres guiones y no tengo ni la más puta idea de cómo hacerlo (aunque hoy precisamente soñé con eso y desperté tomando notas).

Pero me pasé veinte minutos mirando una página en blanco y después me armé de valor y escribí estás cinco páginas en menos de una hora. Si fuera un guión estaría cerca de las diez páginas.

Así que si sacan algo de valor de todo esto que sea eso: no tengan miedo a sentarse. Una vez más, citando a John August, “a todos nos gusta haber escrito, pero no nos gusta escribir. El problema es que para llegar a una cosa hay que pasar por la otra”.

Y no es tan duro. Una vez que se empieza las cosas simplemente van saliendo. Sólo hay que aprender a mantener el equilibrio entre todos los elementos, historia, personajes, ritmo, tono, estructura, tramas, subtramas, diálogos, acciones, elipsis…

Tan simple como hacer malabares con granadas.

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~ por Guiolista en 31 mayo, 2010.

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