El temor al folio lleno

El filósofo escocés Hume decía que quien se ha sentido escritor una vez, será escritor toda su vida… Este guiolisto invitado se licenció en Derecho por la Universidad de Córdoba pero se sintió escritor una vez y ya no puedo dejar de serlo. Se llama Rodrigo del Lago y se autodefine como guionista novel pero lo cierto es que ha escrito dos cortos, ha ganado un certamen de relato breve, tiene varias publicaciones, ha creado sun superhéroe de comic –Súper Sais XDDD- y ha escrito para la televisión balear… Tal vez esté empezando pero lo hace con buen pie XDDD y este guionista no teme al folio en blanco sino al folio… lleno.

EL TEMOR AL FOLIO LLENO

Por Rodrigo del Lago

Siempre se ha dicho que el temor al folio en blanco es un mal endémico de columnistas, escritores o guionistas, entre otros miembros de la hermandad de la pluma… parker. Un miedo que tarde o temprano se consigue vencer gracias al empuje de su antagonista, el valor, aquel que cultivamos sobre la nívea parcelita virtual que nos ofrece nuestro portátil, más seca a menudo que el ojo derecho de Falconetti (momento revival, que uno es un clásico). Cuando esas semillas de valor son regadas con esporádicos chubascos de imaginación, al final crece algo, endeble o recio, pero lo suficientemente asentado en sus raíces como para trabajar luego en retoques ornamentales. Y es ahí, al finalizar esta trabajosa operación, cuando surge entonces otro miedo fundamental, igual de terrible que el primero, y del que por cierto no se habla tanto.

Me refiero al temor al folio lleno. Aquel donde se plasma nuestra creatividad, horas robadas al sueño, delirios de guionista novel y un sin fin más de inocentes ilusiones que convierten al escuálido texto inicial en un obeso tocho, grasiento de ideas geniales, que le dan un aspecto fuerte, que no gordo (palabra prohibida a los dependientes de El Corte Inglés), pero más fuerte que el vinagre. Y a ver qué hacemos ahora con la hermosa criaturita. La tenemos ahí, sobre la mesa, hambrienta de experiencias, de viajar, de conocer productoras, de ser mecida por cariñosos lectores de guiones, de que su progenitor sepa venderla dignamente… El temor al folio lleno transmuta en un murciélago chillón y porculero que absorbe vía yugular las últimas gotas de serenidad que corren por nuestras venas. Nos deja secos, el hijoputa. Se bebe de un trago la confianza en un éxito seguro, originalidad a go go (siempre quise meter esto en algún sitio, lo siento), diálogos hilarantes y puntos de giro que ni los de Romario en sus tiempos mozos. Pero ahí es cuando debe resurgir el guionista de pellejo, curtido en ya te llamaremos y no es lo que estamos buscando, atizarle a la remanguillé, con el matamoscas de la abuela, y seguir su letal picado hasta escuchar como se parten contra el suelo las dos minúsculas cánulas por donde nos afanó las esperanzas. Una vez frito, repetimos la operación a la inversa, como un Drácula de los pobres, y devolvemos a las entrañas el elixir mágico que ejercerá de efectiva pócima en nuestra lucha diaria contra los romanos. Bueno, como teoría mola… llevémosla a la práctica.

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~ por Guiolista en 29 junio, 2010.

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