El espejo del alma

Hoy estrenamos nuevo “cuentista” invitado… Debo decir que quien los firma nunca antes había escrito nada de ficción. Sin embargo, muestra una sensibilidad que muchos escritores de oficio tal vez nunca lleguen a conseguir. En su humildad, prefiere dejar su nombre en el anonimato. De hecho, me costó bastante convencerle de que sus historias debían ser leídas por otros porque… tal vez estos relatos ayuden a alguien como en su día me ayudaron a mí.

El espejo del alma

Por F.J.A.

Otro día más sonaba el despertador para ir al trabajo. Como todos los días, Víctor se levantaba una hora antes que su mujer y su hijo. Tenía que ducharse, afeitarse y desayunar con tiempo suficiente para ir a la oficina, así lo exigía el guión auto impuesto en su vida.

Todos los días eran iguales: despertarse temprano, comprar el periódico, salir hacia el trabajo, tomar el metro atestado de gente, comer un perrito frío e insípido justo a la puerta del trabajo, al borde de una calzada llena de polución y ruido, junto a otros tantos compañeros a los que prácticamente no conocía y que parecían querer evitarse mientras “disfrutaban” de sus respectivos perritos aislados en sus propios mundos unipersonales – algo molestamente usual en la actualidad en casi todas las grandes empresas de éstas nuestras urbes – y finalmente… volver tarde, cuando ya todos en casa están durmiendo.

Y todo… ¡¿Para qué?! En realidad la vida parece no tener mucho sentido, siempre rodeado de gente, el metro, las calles, el trabajo… pero a la vez, siempre solo, miras a tu alrededor y un día te sorprendes a ti mismo formando parte de un grupo de siluetas grises con periódicos en esas pequeñas extensiones que hacen las veces de manos, andando rápidamente en dirección a… ¿Dónde? Todo parece  automático, nada real.

Hoy fue distinto. Llevaba tiempo fijándose en los ojos de la gente con la que se cruzaba. Un día en el periódico camino al trabajo leyó -“los ojos son el espejo del alma”- eso le hizo pensar, no llegaba a entender como algunas personas podían decir o sentir esto en un mundo en el que uno ya ni se para a contemplar las simples estrellas (no hay negocio en ello, ¿verdad?), siendo esto mucho más fácil ya que llevan ahí pacientemente esperando siglos y siglos, deseando que las observen, que te enamores, sueñes y te desplaces a otros mundos con sólo contemplarlas por un instante,  aunque ahora… Bueno, ahora es un poco más complicado: demasiados coches, demasiada suciedad, demasiada polución, demasiada…. “oscuridad”.

¿Cómo pueden ser los ojos el espejo del alma?- se preguntaba. – Me miro cada mañana al espejo y siempre veo los mismos ojo,: hinchados, cansados, ojos del que tiene que ir al buscar el pan de su familia, ¡si trabajasen más, pensarían en menos tonterías y dejarían de intentar meternos tanta mentira en la cabeza! – se decía a sí mismo. No obstante, no podía dejar ni de observar las miradas, ni de pensar en ello.

Hoy se levanto con la extraña sensación de que era diferente; diferente porque ya estaba cansado de todo. Tal era su estado de ánimo que sin pretenderlo dejo de “ver por sus propios ojos”, decidió no ver más. A partir de ese momento vería la vida a través de los ojos de las demás personas.

– Ya estoy cansado de hacerlo yo todo – se decía, – estoy cansado de que los demás sólo vean sus pequeños e insignificantes problemas, sin darse cuenta lo que yo llevo realmente sobre mis espaldas-.

No entendía como su mujer, en las pocas ocasiones en las que tenía para estar tranquilo, le incordiaba con tonterías de que si ya no podemos comer juntos, que si ya no salimos, que si ya…  -¿Realmente piensa que a mí me gustaba estar siempre en el trabajo, soportando toda esa presión, levantándome a esas horas todas las mañanas y sin poder verlos prácticamente nunca? ¿Cómo podía hacerle entender que yo lo hacía por ellos? ¿Cómo?– se preguntaba.

En realidad nunca entenderían la gran presión que se puede sentir al tener que mantener a una familia y a la vez luchar contra esa selva, formada por inmensos edificios llenos de gente-hormiga, donde cuando uno deja de ser útil… ¡a la basura! Y la colonia sigue adelante, produciendo y produciendo que en realidad eso es lo único que tiene importancia en este gran hormiguero.

-¿Cómo iba a entenderlo ella que sólo tiene que preocuparse de nimiedades, o ellos, esos que están por ahí por las calles del mundo sin hacer nada más que hablar de la felicidad, la vida y de que los ojos son el espejo del alama? ¿Esos parásitos de la sociedad que se alimentan de la gente ilusa y amargada? ¿O Kiko, mi hijo, que en su inocencia no entiende que no puedo tener tiempo para él, que hay cosas más importantes que jugar a la pelota en el parque o a la consola?… Consola que por cierto se compra gracias a mi sudor. Pero, claro, eso… ¡Eso no lo entiende nadie! – .

Por eso hoy era distinto, hoy entraría en el alma de las demás personas, observaría la mirada de la gente, introduciéndose en su vida gracias a este espejo que según decían algunos eran los ojos, y ver si toda esa patraña era cierta. Y si así era, podría ver dónde estaba la clave de la felicidad, cómo las demás personas pueden pasar tan felices por la vida sin más. Tal era su convencimiento de ello que…

…ese día, en dirección al trabajo, cuando cruzaba el parque como hacía habitualmente, una pelota le llego a los pies. Dejando de leer el periódico, tomo la pelota y se la dio a su dueño: un crío. Justo cuando se la entregó al pequeñín – un par de años mayor que Kiko, si acaso- le miró fijamente a los ojos. El chico le dio las gracias y siguió jugando con su pelota, pero Víctor se quedó serio, helado, no sabría describir la sensación que en este momento le inundaba, era como si su cuerpo entrase en un pequeño trance después de observar la mirada de ese niño, cuya sonrisa de agradecimiento escondía unos ojos tristes y hundidos.

De pronto, se vio dentro de la vida del niño; era como si pudiese ver dentro de su alma, sentía su estado de angustia, soledad, felicidad, alegría… vivía todos sus estados anímicos, llego a ver por qué tanta tristeza y los motivos por los cuales estaba así y… fue increíble volver a sentirse un niño. Vio como hubo un tiempo en el que fue muy feliz, durante sus primeros años, hasta que poco a poco la relación familiar fue cambiando, infectándolo todo como si de un cáncer se tratase, provocando finalmente la separación de la pareja. Sintió que el chico, como una pequeña esponja, absorbía todo el mal de la separación sintiéndose parte de ésta, haciéndole sentir una gran culpabilidad, ya que no entendía esta separación y se creía culpable de ella. A pesar de todo, el niño intentaba sonreír cuando estaba en presencia de los padres para demostrar que iba a ser bueno y no iba a provocar más peleas entre ellos, que no iba a pedir más juguetes, así papá tendría que trabajar menos. Tenía la esperanza de que de esta forma sus padres volverían a estar juntos.

Al salir del trance, durante un instante se quedó pensativo analizando lo vivido y no podía imaginar que un crío de esa edad pudiese sentirse culpable de la falta de entendimiento entre unos padres. Le hubiese gustado transmitirle que en ningún caso era su culpa, pero eso era imposible. Siguió caminando no sin antes echar un vistazo atrás y ver como el chico jugaba solo haciendo rebotar la pelota contra una pequeña estatua que hacía las veces de un contrincante mucho mayor que él, hacía las veces de… su padre.

Acto seguido pensó que en poco tiempo el niño crecería y tendría preocupaciones  reales y verdaderamente importantes, como las que él tenía, y que eso se olvidaría fácilmente; a fin de cuentas fueron sus padres los que se separaron.

Conforme caminaba por el parque se cruzó como todas las mañanas con el viejo vagabundo que siempre estaba en el mismo sitio, ahí, tumbado en un banco del parque apestando a alcohol y con unas andrajosas mantas por encima, y junto a él un carro de la compra de esos de los grandes almacenes, lleno de porquerías y suciedad. Éste, un poco incorporado en el banco, extendía la mano pidiendo algo de limosna siempre que alguien pasaba.

Menuda sanguijuela– pensó, como hacía todos los días. –Esta gente cree que se puede alimentar de la sociedad mientras los demás no hacemos nada más que trabajar y trabajar para que el sistema siga adelante y ellos ahí, como parásitos, viviendo de mi esfuerzo –. Iba pensando todo esto cuando al cruzarse con el mendigo la mirada de éste penetró tan profundo dentro de su mente como si se tratase de dos afiladas agujas. Justo en ese instante sintió una fuerte punzada detrás de los ojos y volvió al trance, pero esta vez era un joven próspero y ambicioso ejecutivo con unas facciones que le hacía recordar al pequeño niño de la pelota. Vio como este joven era ordenado y luchador en su trabajo, sólo pensaba en éste poniéndose cada vez mayores metas, luchando y luchando por subir escalones en el difícil mundo empresarial, esquivando y desconfiando de todos los que los rodeaban en el trabajo, pues eran temibles hienas, las cuales a tu cara eran amables,  riéndose de todos los chistes malos de la oficina, pero esperando un pequeño paso en falso para despedazarte vivo…

…El oficinista vivía en un pequeño pero acogedor apartamento con su pequeña familia formada por su esposa y su hijo. Cada noche cuando llegaba de la oficina ella le levaba una taza de café y tras besarle cariñosamente, le pedía que dejara el trabajo, pues ya era tarde y tenía que dormir. Él correspondía a ese beso de forma cariñosa y le pedía que fuese ella primero, que enseguida iba él. Le decía que tenía que conseguir el ascenso ya que de esa forma pronto podrían mudarse y vivir en un sitio más grande y acogedor.

Luego, mientras ella se quedaba dormida sola, él trabajaba toda la noche.

El tiempo pasó y,  poco a poco, fue prosperando a costa de vivir prácticamente para su trabajo. Al final pudieron cambiar de casa a un sitio mejor y más grande, pero esta casa, a pesar de que era más grande, ya no era cálida y acogedora, era fría al igual que su relación familiar, la que se fue enfriando día a día hasta que finalmente se congeló.

Poco a poco, él fue perdiéndolo todo. No sabía cómo, un día su mujer lo dejó, el trabajo le cansaba y no podía confiar en nadie, cada día era un mundo más competitivo y cruel, se dio cuenta de que el pilar sobre el que se sostenía su vida era su familia, pero este pilar ya no estaba. Lentamente se fue hundiendo en el alcohol hasta que lo despidieron del trabajo, perdió la casa y se perdió él mismo… no queriendo vivir y teniendo como única posesión unas mantas sucias que le gustaban mucho a  su esposa y una carro con algunas cosas de la calle y una pequeña caja: su caja del tesoro, donde guardaba lo más preciado de su vida y que iba a proteger con todas sus fuerzas ante esta sociedad que se lo había quitado todo; en esta guardaba la foto de su mujer y su hijo.

En ese momento, Víctor salió del trance. Al principio se empezó a sentir culpable por todo lo que había pensado del vagabundo, pero siguió andando y vio como él seguía como la mano extendida, pidiendo algo de dinero a otras personas que caminaban por el parque. Acto seguido se dijo – que mal lo ha tenido que pasar, pero hay muchas mujeres en el mundo y una mancha de mora con otra verde se quita –, pero en su interior se dio cuenta de que realmente no lo sentía.

Finalmente salió del parque y cruzando la calle se encontró en la boca del metro. En ésta intercambió la mirada con una mujer joven con el pelo canoso que le llamo especialmente la atención, ya que pese a que debía tener unos 30 años, parecía 10 años mayor: su cara era delgada, sus ojos estaban un poco hundidos, como si quisiera ocultarlos a los demás, como si quisiese transmitir que su alma es sólo suya y de nadie más; tras todo ello se podía ver su gran belleza, una fuerza escondida, no siendo ésta tan sólo física… Al cruzar su mirada le ocurrió igual que en los otros dos casos y se vio sumido en la vida de la mujer. La vio de joven o más bien, cuando su pelo no estaba tan blanco y estropeado. Víctor notó que de eso no haría más de un par de años, pero la diferencia era apreciable. Su cara tenía unos colores radiantes, su pelo era negro como una noche despejada, los ojos parecían salirse de su cara desafiando al mundo, diciéndole a todos – ¡aquí estoy yo!- vivía feliz, no necesitaba mucho, para ella todo sobraba, no quería grandes lujos ni grandes coches ni nada, sólo vivir, disfrutar del parque, los pájaros, pasear e ir al cine, preparar su casa y hacer unos pequeños trabajitos para la calle y así poder ayudar en los gastos de la casa. Todo esto le llevaba mucho tiempo y parecía no dejarla vivir, pero ella sentía que eso, en el fondo, era su vida.

Pronto, poco a poco, las cosas en casa cambiaron: se sentía irritada, su pareja no la entendía, sintiéndose éste el ombligo del mundo. Ella intentaba comprenderlo y pacientemente le daba la razón mientras sentía que poco a poco hipotecaba su forma de ser para que él no sintiese más presión de lo que sentía en el trabajo. Ella sabía que él no era fuerte y necesitaba reafirmarse a sí mismo con el trabajo, pero él parecía como si no la viese…

…Ya no era como antes cuando se besaban, abrazaban y hacían el amor todos los días como si tuviesen 18 años. Todo cambió tanto que dejaron de quererse, poco a poco fue perdiendo esas ganas de vivir y entró al juego en ese chantaje que nos hace la vida, entró en el terrible círculo impuesto de esta sociedad de la que no es tan fácil entrar, pero casi imposible salir. Se subió al tiovivo, ése que no hace nada más que dar vueltas y vueltas, ocultándonos con sus luces y su música engañosa que al final siempre vamos al mismo sitio; siempre vamos guiados por el mismo ente, esa sociedad que te arrastra y te quita la personalidad hasta tal punto que las personas con alma propia terminan consumiéndose, perdiendo su peso, la juventud, el color de su cara…  hasta formar parte de esa sociedad de gente.-hormiga y gris, llegando a dejar atrás sus ojos…. sus ojos incapaces de transmitir lo que en su día decían a voces… ¡¡Aquí estoy yo!!-.

Un instante después, al igual que en los otros caso, salió del trance. Esta vez no sabía lo que sentía. Simplemente bajó las escaleras en dirección al metro, dejándose llevar por la gente y… por primera vez “vio” con sus propios ojos que él también era parte de ese gran hormiguero en el que cada individuo no es nada y en el que sólo el todo parece tener voluntad y controlar al individuo que carece de ésta.

De repente oyó un pitido. El metro esperaba pero decidió no subir. Vio como toda la gente subía y como en la estación vacía sólo quedaba él en el centro de ésta, de pie, esperando que el metro partiese. Pero éste no salía. Volvió a sonar un pitido y vio como una de las puertas del metro seguían abiertas. Era una cosa que nunca había ocurrido, pero él no estaba dispuesto a dejarse arrastrar más por esa gran colonia de hormigas. Absorto en estos pensamientos volvió a oír el pitido y acto seguido notó un dolor agudo en el costado, sintió un golpe que por un instante lo dejó sin respiración, ¡alguien lo golpeaba! Y una voz suave y muy baja que le decía – Víctor, el despertador-.

En ese momento despertó. Se dio cuenta de que estaba en su cama y pensó en las malas pasadas que te juegan a veces los sueños. Se levantó, preparó el café, se duchó y afeitó como todos los días, pero ese día fue distinto…

…Pues ese día se miró al espejo y vio el espejo del alma. Se vio a él, a su mujer e hijo, lo demás era “sociedad” y pensó –la sociedad en sí no es mala, simplemente, como todas las cosas, uno no puede entrar a ella con los ojos vendados u olvidar que esté ahí, dejándose llevar por ella-. En ese momento, soltó el maletín, preparó un exquisito desayuno, se lo llevó a su mujer a la cama y por primera vez se dio cuenta de que ésta empezaba a tener el pelo un poco canoso y estropeado, supo que era debido al gran esfuerzo emocional que tenía que soportar por la incompetencia de su egoísta marido. La despertó y por primera vez en mucho tiempo volvió a ver el brillo de vida en sus ojos, la había conseguido sorprender, ella le increpó diciéndole que iba a llegar tarde al trabajo, pero él le contesto que ese día se lo iba a tomar libre. Acto seguido llamó a la oficina, comunicando que estaba enfermo…A fin de cuentas en todo este tiempo no se había tomado nunca ni siquiera unas vacaciones. Tras colgar el teléfono se miraron a los ojos y cada uno se introdujo en el alma del otro, como hacen los enamorados, esa mañana hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes.

Media hora después, su hijo se despierta y le sorprende ver a su padre en casa; y más aún cuando después de comer, le dijo – ¡vamos! Coge la pelota que nos vamos a jugar al parque –. Mientras jugaba con el niño, observó a lo lejos como su mujer disfrutaba viéndoles jugar, divertirse, y como Kiko le estaba metiendo una goleada a su padre. Una de las veces la pelota fue a parar a las piernas de un trajeado chico que iba distraído leyendo el periódico, directo a su trabajo con su maletín de ejecutivo. La pelota rebotó en él pero el ejecutivo ni siquiera se molestó en desviar la mirada del periódico. Kiko fue a por la pelota y, desde el sitio por donde había pasado el ejecutivo, le regalo a su padre una amplia sonrisa. Mientras, éste seguía con la mirada al pobre ejecutivo víctima de la fuerza de arrastre que tiene esta sociedad, pero en ese momento también se dio cuenta que en el banco donde siempre había estado el viejo vagabundo ya no había nadie, sólo un carro viejo, vacío y destartalado sin ruedas. Y se alegró, entendió que el viejo vagabundo había decidido vivir. Comprendió por fin que la vida está para vivirla y que con tan sólo cambiar unos pequeños detalles en la forma en la que la vemos, podríamos conseguir que la nuestra, nuestra vida, pueda ser nuestra y no de… la sociedad.

Pasó el tiempo y fue feliz. En su trabajo consiguió ascender e hizo muchos amigos los cuales ayudaron en este ascenso. Lo mejor de todo fue que vio crecer a su hijo y en los paseos con su mujer por el parque recordaban todos los días al viejo vagabundo.

Un día hablando con su hijo le dijo –vive intensamente, la vida esté para ello, y lucha por lo que crees hasta dejarte la piel, pero nunca, y repito: nunca, te olvides de los pequeños detalles, como pueden ser… mirar a los ojos a las personas que realmente te importan, pues en ellos verás reflejado el espejo de tu alma, el que tú, con tus acciones, les trasmites. Y ellos a su vez se verán reflejados en los tuyos, llegando finalmente a descubrir que: “los ojos son el espejo del alma”-.

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~ por Guiolista en 6 julio, 2010.

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