El pececito azul

¿Quién ha dicho que nada es para siempre? Todos somos y formamos parte de todo. En todos hay algo de lo que fue y de lo que será…

El pececito azul

Por F.J.A.

Peter era un chico enamorado de la pintura. Cada día hacia un borrador al carboncillo de un paisaje pero siempre terminaba repitiendo el boceto. Una noche, como otra de tantas, empezó a dibujar sobre el lienzo unas líneas, mostrando un pequeño entrante de mar con forma de media luna. En el centro de ésta había un pequeño barquito de vela sobre el cual se veía un anciano pescador con su vieja caña, y colgando del anzuelo había un pequeño pez sin color.

Tras las primeras trazas, Peter volvió a mirar su cuadro y… “¡¡¡No, no tiene vida!!!”, sabía que algo faltaba pero ¿qué?  Desanimado, desilusionado por tantos intentos fallidos y pensando que nunca podría dar vida a sus cuadros, se retiró, no sin antes evitar verter una lágrima, la cual cayó sobre el lienzo, deslizándose hasta una zona donde había unas pequeñas raspaduras de color azul que se habían desprendido de un viejo cuadro que había en la pared. La pequeña lágrima se mezcló con las raspaduras formando una gotita azulada, cristalina como una gota de roció.

En este instante y por vez primera, de forma literal el cuadro tomó vida. El pescador triste, opaco y huraño recogió hilo consiguiendo llevar hasta sí al pequeño pececillo, éste tan sólo era una línea continua (como la que dibujan los niños) con una vaga forma de pez, pero movía su pequeña cola de un lado para otro intentando zafarse del anzuelo que lo tenía atrapado.

El pescador al ver tan gran esfuerzo en una criatura tan pequeña se apiadó de ella y, mientras le retiraba el anzuelo, le preguntó al pececito: “¿sabes cuál es el secreto de la vida?” -, el pez se quedó inmóvil por un instante y acto seguido señaló la lágrima del tapiz.

El pescador no entendió nada, pero compadeciéndose de él lo acercó con su barco hasta la lágrima azul y lo posó sobre ella. En ese instante, como si de una pequeña esponja se tratase, el pez absorbió toda la lágrima azul, tomando su color y convirtiéndose en un pececito azul. Entretanto, el huraño pescador veía como éste, aparentemente, se volvía loco: iba de un lado para otro del lienzo, rodeaba el barco, saltaba, brincaba dando maravillosas piruetas y cada gesto era jovial y animado. El pescador seguía sin entender nada pero sintió que, poco a poco, se encontraba más feliz. Su estado huraño desapareció, apareciendo en su lugar una gran sonrisa, la cual se incrementaba cada vez que miraba como el pececito azul jugaba, saltaba, volaba… y en cada pasada que daba, éste pintaba algo en el lienzo. Ahora un giro alrededor del barco, y con esto creaba unas líneas circulares azules tenues que simulaban el chocar de las olas contra el casco gris del barco. Ahora… se alejaba zigzagueando, haciendo que un millar de burbujas de aire se arremolinaran, desplazándose a la orilla para producir el rompiente de las olas. Ahora…. saltaba tan alto que dejaba pinceladas de color en el cielo. Y así siguió y siguió, el pescador reía e intentaba izar velas para navegar en ese magnífico mar coloreado por la cola del pececito azul; un mar de un verde esmeralda que mecía el barco con un suave vaivén producido por la jovial agitación del pequeño pez.

De repente en uno de los saltos, el pescador se dio cuenta de que  el pez no era tan azul, poco a poco iba perdiendo su color. De hecho, ya sólo era capaz de distinguirlo en los momentos en el que éste salía del mar a dar sus saltos, que ya no eran tan vigorosos como antes. Y así, sin que él pudiera hacer nada – aunque lo intentó. Intentó volver a pescarlo para hacerlo descansar –, el pez fue perdiendo su color conforme pintaba más y más… En cada pasada o salto dejaba parte de éste en la tela del lienzo consiguiendo con tal esfuerzo un despertar en la pintura difícil de describir – ¡era la vida! -. Finalmente, el pescador dejó de verlo. A pesar de buscarlo y buscarlo, de llamarlo y llamarlo, no consiguió nada.

Su primer impulso fue de tristeza, quería volver a lo que era, un pescador triste y huraño, no se explicaba cómo era posible que aquel pececito azul, que era todo vida, hubiese desaparecido así. Pero luego lo entendió todo y prometió mantenerlo siempre en la memoria transmitiéndolo mediante la felicidad de su imagen.

El pececito había tomado la tristeza contenida en una pequeña lágrima, la había mezclado con un poquito de color y algo de esperanza y había convertido un cuadro sin vida en algo lleno de color y alegría. A cambio, con cada pincelada dejaba parte de su color y vida en el cuadro, por lo que finalmente terminó formando parte de este, fundiéndose con el cielo, el mar y el propio lienzo.

Por eso a partir de entonces, si paseas al atardecer por la fina arena de playa y te paras a contemplar el mar a una hora mágica, el mar y el cielo se funden en uno y en ese mismo instante los marineros se hacen a la mar, con una mezcla de tristeza, esperanza y unas pinceladas de azul, confiando en la buena jornada y deseando el regreso con su familia.

Desde entonces el mar es salado (por las lágrimas derramadas) y se dice que si alguna vez tuvieses la suerte de cruzarte o de pescar al pececito azul, déjalo libre, pues con unas pinceladas de azul y un poquito de esperanza, es capaz de tomar nuestros peores momentos y convertirlos en lienzos de vida.

Dedicado a un pececito azul

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~ por Guiolista en 27 julio, 2010.

2 comentarios to “El pececito azul”

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